jueves, 21 de noviembre de 2019

LA ESPOSA PERFECTA




El cuerpo del difunto apareció en el suelo del salón a las 10 de la mañana. Lo encontró la mujer de la limpieza. Fue tanta la impresión que casi se desmaya. Nunca había visto un cuerpo sin vida. Verlo así, de repente, hizo que no supiera cómo reaccionar. Tras sobreponerse, llamó a la policía para advertir de lo que pasaba.

Los agentes llegaron al lugar de los hechos acompañados de la policía científica. Junto al cuerpo, había una pistola con silenciador que todavía olía a pólvora quemada. No había signos de violencia. Con la llegada del forense, se terminaron todos los trámites para llevarse el cuerpo a la morgue.

Lo siguiente fue llamar a los familiares para dar la noticia, comenzando por su esposa, Diana.

Carlos era un hombre que disfrutaba de su profesión al máximo; era un reputado cirujano plástico. Las personas que le conocían decían de él que tenía un fuerte carácter. Era cabezota pero era uno de los mejores de su profesión. Muchos pacientes habían confiado en él. Era perfeccionista y eso a veces le traía más de un problema; incluso lo habían tachado de frío porque se tomaba todo demasiado en serio. Por este motivo los dos primeros matrimonios acabaron en divorcio; se centraba tanto en su trabajo que se olvidaba por completo de su vida familiar.

Llegó el día en que conoció a Diana. Él estaba sentado en una cafetería leyendo un libro no demasiado entretenido, cuando sus ojos se fijaron en la mujer de la mesa de al lado. No sabía muy bien por qué, pero le atraía. No dudó en acercarse a su mesa con tal de poder tener una conversación con ella. Ella no se espantó ni se asustó, todo lo contrario; tenía ganas de compartir unas cuantas palabras. Por eso, no dudó en invitarle a que se sentara en la silla de al lado.

La conversación no era interesante pero todo cambió cuando Carlos habló de su profesión. Entonces ella no dejaba de hacer preguntas, una detrás de otra, se mostraba muy interesada en saber a qué dedicaba el tiempo. A él le encantaba hablar de lo maravilloso que era en su profesión y ella ponía cara de embelesada escuchándolo.

La primera cita marcó las siguientes, convirtiéndose con el tiempo en una relación de cuatro meses.
Parecían la pareja perfecta. No dudaban en demostrar lo enamorados que estaban y Carlos creía que por fin había encontrado a la mujer perfecta.

Como era de esperar, ambos se casaron y tuvieron una larga luna de miel recorriendo medio mundo. Regresaron al que sería su nuevo hogar, situado en uno de los mejores barrios de la ciudad.

A las pocas semanas, lo que parecía un matrimonio ejemplar dejó de serlo. Las peleas comenzaron y parecía que no tenían fin. Peleaban por todo. Diana se comportaba de una manera irracional. Se volvió paranoica y llegaba a pensar que podría hacerle daño su marido. Por el miedo que le tenia,decidió dormir en otra habitación. Puso cerrojos en la habitación, debajo de la almohada un par de cuchillos y una pistola en la mesilla.

Carlos no entendía lo que estaba pasando y aparte de ver cómo que fracasaba su tercer matrimonio, comenzaba a tener problemas financieros. Con unos cuantos meses de noviazgo no es suficiente para conocer a una persona. Pese a tener miedo de su propia esposa no podía permitirse divorciarse de ella. Se mentalizaba que aguantaría esa situación porque separarse de ella sería su ruina. Le importaba más lo material que todo lo demás.

Pasaron meses en una convivencia insoportable. Cada uno compartía una parte de la casa y muy pocas veces coincidían. Parecía que la esposa estaba jugando con él a su antojo. Una noche incluso se le insinuó como si no pasara nada. Provocándole, para llevárselo a la cama. Le hacía beber una gran cantidad de alcohol para que pudiera manipularle a su antojo. Él se resistía como podía pero acababa cayendo a los deseos de la mujer. Al despertar al día siguiente, lo echaba a patadas de la habitación.

La convivencia tan tóxica tendría consecuencias en su salud mental. En el trabajo no rendía. Le habían apartado por algunos altercados y por su consiguiente reacción desproporcionada. No tenía paciencia para atender a nadie. Su frustración iba cada vez a peor. En comparación con él, Diana parecía radiante y de lo más tranquila. Salía cada noche y volvía a altas horas de la madrugada. No sabía a dónde iba pero por su cara, lo pasaba realmente bien

Nuevas consecuencias llegaron cuando Carlos perdió su trabajo; su desesperación fue insoportable. Comenzaron las amenazas de quitarse la vida, no podía más. Pero, siempre encontraba las fuerzas para no hacerlo.

No podía hacerlo. Así que lo siguiente siempre era destrozar algo que tuviera a su lado, para así sentirse mejor. Se había vuelto un adicto a los calmantes y pasaba la mayoría de las horas del día tambaleándose de un lado a otro hasta caer literalmente al suelo.

El cuerpo sin vida de Carlos se halló a las 10 de la mañana. La investigación inicial daba como posible hipótesis de muerte, el suicidio. Uno de los agentes no lo tenía del todo claro y hizo una investigación más afondo del asunto. Tras interrogar a familiares y gente cercana, descubrió que su vida matrimonial seguía un patrón parecido a otro de los casos que estaba investigando y no dudo en comparar los datos. Dio con la respuesta.

Resulta que la esposa tuvo una reacción de los más exagerada al informarle el agente de la muerte de su marido, con un toque teatral de lamentos y que se esperaba lo peor. Que temía que un día lo iba a encontrar muerto con tantos pensamientos de suicidio.

Era una mujer buscada en varios territorios. La llamaban la Viuda negra. Planeaba el asesinato de cada uno de sus maridos con todo detalle. Su apariencia física no hacía sospechar que hiciera esas atrocidades. Siempre se salía con la suya; hasta que encontraba una nueva víctima.

Pero esta vez, se encontró con un policía que supo leer los hechos. Dar con el móvil del asesinato fue la clave para saber la verdad.

El marido tenía un seguro de vida de un millón de euros, suficiente motivo para matarlo. Valía más muerto que vivo. Se las ingenió para manipularle y después para buscarse una buena cuartada.
En el interrogatorio no lo puso fácil. Su monólogo de viuda afectada por perder a su marido se fue desmontando cuando el agente comenzó a hacer las preguntas adecuadas. Se había hartado de tanto teatro y comenzó a atacar con preguntas que poco a poco tenían su efecto. La descolocó. Un gran juego verbal que llegó a su clímax cuando la interrogada se sintió acorralada. No aguantó más y acabó confesando. Las palabras de fingida tristeza se convirtieron en cólera.

-¡Sí, yo maté a mi marido y lo volvería hacer!


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