miércoles, 7 de abril de 2021

NO OLVIDES, SMARTPHONE



Imaginar que durante una buena temporada no pudieras usar aquello que más quieres.  Aquello que no puedes pensar no tener. Olvidarte de aquellos filipinos que te engulles cada tarde y que disfrutas como un enano. El bocadillo de jamón del bueno que no dudas en relamerte con solo pensar en él. Cómo sería la vida para esa gente que no pudiera usar a su compañero del alma, su Smartphone que casi lo consideran uno más de la familia.

La historia que vamos a contar comienza de una manera de lo más tonta. Una reunión entre amigos en un bar,se entretienen haciendo una foto a su jarra de cerveza. Van de artistas, con ganas de que su arte lo disfrute todo el planeta vía Instagram. No deja de ser un objeto de cristal normal y corriente , pero su vena de influencer no pueden evitar marcarse un número surrealista de convertirlo en un momento realmente que mola, como dicen ellos.

La sesión de fotos termina y toca hablar un rato.Han leído un artículo que dice que una empresa pagará 87.000 euros si durante un año no usas el Smartphone.Todos se rieron diciendo que eso es imposible. Algunos, opinaban que no aguantarían ni una semana, otros que solo un par de horas. Pero siempre hay uno que se cree gracioso ,pensando que él podría aguantar el año completo. Qué sucedió a continuación, algo inesperado, apostarse unos cuantos euros de que sería capaz de lograrlo.


Fue muy valiente en pensar que no tendría problema en pasar de su smartphone. La realidad era muy distinta. Si al menos hubiera tenido la sensación alguna vez de no necesitarlo, pero era todo lo contrario. Nació en un mundo tecnológico, donde además de devorar sus biberón, en la otra mano le acompañaba su juguete favorito, su móvil. Cuando su madre le compraba ositos de peluche, no los quería, su amigo con teclas era lo que necesitaba para ser feliz.

Para asegurarse de que no hacía trampa, le confiscaron su móvil. La única comunicación posible era hacerlo con su teléfono fijo,el problema es que no sabía ni donde lo tenía. Cuando lo encontró, después de pasar horas buscándolo, tenía tanto polvo que no dejaba de estornudar. Lo que sí podía usar era su ordenador, algo que le provocó tener que abrir su cuenta de correo. Su cara era de auténtico terror, cuando vio los mensajes que tenía en su bandeja de entrada. En su mente no podía acordarse de cómo se borraban y mucho menos como mandar un email. 

Los primeros días no podía evitar mirarse el bolsillo del pantalón, por lo menos un millón de veces. Sin darse cuenta, esa costumbre se había convertido en un tic pero con la diferencia que ahora no había ningún móvil que tocar. Caminaba por la ciudad y cuando se encontraba un suelo lleno de baldosas con mucho color no podía hacer la foto con el fondo de sus pies.Al final, acababa pidiendo a un desconocido que se la hiciera, lo único que obtenía era miradas que le decían claramente que se marchara si no quería recibir una buena bofetada. Comenzaba a ver que la apuesta no le iba a resultar tan sencillo. 


Los días siguientes seguía teniendo ganas de hacer fotos a todo lo que se moviera. Quedar con sus amigos en un lugar y no encontrar el camino porque ya no llevaba su GPS que le ayudase a encontrar el camino. No atreverse a preguntar a nadie porque le daba vergüenza, decidir volverse para casa todo avergonzado. 

Un gran alivio fueron las videollamadas. Le costó acostumbrarse a ellas, pero le sirvió para no perder el contacto con sus amigos más cercanos y familiares. Comenzó por sesiones cortas pero acabó siendo de horas. Tenía tantas ganas de hablar y comunicarse que le sobraban palabras. Le daban consejos y le animaban a disfrutarlo, que no lo mirara como algo malo. Algo que en ese momento no lo veía posible, porque echaba de menos a su smartphone a todas horas. Dependía tanto de ese aparato que no se lo quitaba de la cabeza. 

Levantarse con el sonido de un ruidoso despertador, no es lo mismo que hacerlo con tu canción favorita. Ir al trabajo rodeado de gente con sus móviles, mientras tienes que conformarte con mirar el móvil de otra persona que te acaba mirando con cara de querer matarte. Buscar pareja y darte cuenta que no sabes donde encontrarla, si no tienes a mano una aplicación de citas. Pedirte el teléfono, alguien que le interesa tener una cita contigo, sentir vergüenza por dar tu número fijo. “Pero eso todavía se usa”, acompañada de una mirada “mejor me largo”. Acabas tomando la última copa solo, con la pista de baile vacía. Cómo vas dando tumbos por el alcohol que llevas encima en el cuerpo, no te acuerdas que no puedes llamar a un taxi para que te lleve a casa, suerte que el dueño del local le ha dado pena y decide llevarle.

La noche acaba con unos sueños donde se imagina usando su precioso smartphone, hablando con él y haciendo fotos sin parar. Cuando se despierta descubre que solo era una ilusión, además de tener un dolor de cabeza que no le abandonará durante todo el día. Menuda resaca lleva encima y su ánimo ahora mismo está por los suelos. 

Está a punto de tirar la toalla. No hacer caso a esta apuesta ridícula. El problema que siempre cumple lo que dice, aunque sea una locura. Cumplirá el año sin su teléfono y lo conseguirá como sea. Cada día que se levanta intenta hacerlo con la mejor actitud. Poco a poco, se ha ido acostumbrando a vivir sin móvil. Ha cambiado su punto de vista a la hora de observar el mundo. Darse cuenta que las personas se han convertido en autómatas , que además no tienen tiempo ni de mirar lo que tienen delante de sus ojos. Prefieren correr el riesgo de darse un cabezazo en la primera farola que encuentran, o morir atropellados por un coche que no han podido esquivarlos. Hasta se han planteado crear un carril, solo para los que andan con el móvil no acaben en el otro barrio. 

No hay comunicación alguna, todo es quedarte embobado en la pantalla de tu smartphone, riendo videos de perritos y de gente que se pega tortazos. 

Todos estos meses ha ido aprendiendo de sí mismo. Ha cambiado como persona, para mejor. Ha descubierto quien realmente son sus verdaderos amigos.  El buen amigo siempre encuentra la manera de no perder el contacto. Se ha centrado en las cosas que importan, algo que antes las dejaba apartadas. Ha reflexionado sobre qué clase de persona quiere convertirse tras la experiencia, tiene miedo de que vuelva a ser aquella que solo podía vivir pendiente de su móvil. Estresado por cada mensaje que no le contestaban o estar atento a las nuevas tendencias. Obsesionarse por sacar fotos a todo lo que le rodea para demostrar que tienes una vida interesante, aunque no sea real. 

Su smartphone volvió a sus manos. Se dice así mismo, que encontrará el equilibrio entre la tecnología y su propia vivencia. No es mala la tecnología, solo que hay que ser responsables a la hora de usarla. Que sea un instrumento para mejorar nuestro día a día, no para depender constantemente de ella. 

La apuesta comenzó como un juego y se acabó convirtiendo en la mejor experiencia de su vida. 


Escrito por Sandra Barrachina 




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