viernes, 18 de mayo de 2018

EL LARGO VIAJE



A mi alrededor todo está cambiando de una manera desesperante. Escribo estas letras para dejar un legado a los que vendrán detrás de mí. No tengo descendencia, simplemente no está permitido tenerla.

La humanidad ha dejado de procrear porque la evacuación es inminente. Solo unos pocos sabemos la realidad y todos los demás permanecen incrédulos, creyendo que todo se va a solucionar.

La verdad es que nuestro planeta vuelve a mutar. Al igual que pasó hace millones de años con los dinosaurios, la Tierra vuelve a mostrar toda su fuerza. Los días se han ido alargando y la temperatura es casi insoportable.

Sobrevivimos gracias a aparatos de aire acondicionado que permiten que el aire sea respirable, quien lo iba a decir. Aparatos que servían para refrescar, convertidos en instrumentos para poder tener oxígeno en nuestros pulmones. Gracias a ellos consiguen enfriar el planeta y mantenerlo a una misma temperatura. No tenemos estaciones, solo notamos que los días son cada vez más largos. Treinta horas que se hacen eternas, y noches que pasan como un suspiro.

Espero que con mi historia pueda concienciar a las personas que la lean en el futuro, porque creo que llegará un momento que podamos volver al planeta azul. Que ahora mismo se ha convertido en un inmenso océano con un poco de tierra donde convivir, con todo lo que queda de la humanidad. Cometimos muchos errores, pero el destino estaba escrito. Solamente nos encargamos de acelerarlo.

Yo fui un niño criado en un mundo que comenzaba su debacle. La sociedad estaba tan centrada en la tecnología, que las relaciones humanas cada vez fueron perdiendo más su valor. Hasta el punto de perder el contacto humano. Mi madre, creo, que nunca me ha abrazado. Ni ha demostrado empatía por otro ser.

Me refugié en los libros, sobre todo los de historia y de temas científicos, que siempre me fascinaban, y en las novelas de Julio Verne, que siempre me transportaban a otros mundos, incluso a la luna.
El resto de los niños de mi edad preferían tirarse horas enteras, conectados a un ordenador, con tal de tener una experiencia virtual.

Mi adolescencia fue horrible, en todos los sentidos. El planeta comenzó a cansarse de esperar a que el ser humano se tomara en serio el cambio climático. De repente, me encontraba en una ciudad inundada y con terremotos constantes. No eran de mucha magnitud. Lo que no me imaginaba era que la Tierra volvería a tener un solo continente, provocando que tuviéramos que adaptarnos a la nueva situación.

No fue fácil. Porque la humanidad ante situaciones al límite, no ha estado nunca a la altura. Los más osados decidimos desplazarnos a la zona central del planeta, donde parecía que se podía vivir y lo más importante, respirar. Los que no lo hicieron perecieron sin remedio.

Los científicos por primera vez, fueron escuchados y nos dieron las bases para continuar vivos. Muchas especies, animales y vegetales murieron en el cambio, pero otros nuevos resurgieron para poder asegurarnos llenar el estómago. Se acabaron los términos vegetarianos y carnívoros. Ahora se comía lo que se tenía, o te morías de hambre.

Las ciudades habían desaparecido, para convertirse en un gran polígono totalmente cerrado herméticamente, para poder controlar el aire que respirábamos. El exterior todavía no era tóxico, pero ya nos habíamos hecho a la idea de que era posible que dentro de unos años cambiara la situación a peor.

EL sol, por fortuna, nos daba esperanza y energía eléctrica para mantener el gran polígono. Las grandes radiaciones solares nos beneficiaron.

Enormes placas solares rodeaban toda la tierra, incluso sobre el nuevo océano. Las torres petrolíferas, eran historia. El oro negro, como así lo llamaban, había dejado de existir. En el gran continente en que se había convertido el mundo, solo existía una clase social, los supervivientes. El dinero no tenía el poder. Los seres humanos comenzaron a darse cuenta y reaccionaron. Aunque tarde, pero lo hicieron.

Durante muchos años, la Tierra se calmó y pudimos volver a tener una vida normalizada. Estábamos encerrados pero aprendimos a volver a sentirnos humanos. Las relaciones entre nosotros mejoraron.

Por lo menos, tuvimos la opción de demostrar sentimientos. Era algo precioso y mágico a la vez. Hasta encontré el amor y me enamoré de una chica maravillosa. Recuerdo que las primeras conversaciones con ella eran interminables. No nos cansábamos de hablar y de echarnos de menos. El primer abrazo que nos dimos fue inolvidable, acabamos llorando los dos como dos niños. Lo que vino después del abrazo fue el clímax que hacía años no experimentaba un ser humano.

Al igual que eso que me sucedía a mí, el resto de los mortales volvía a tener ilusión por la vida. Se formaron nuevas familias, se tuvieron nuevas descendencias. Hijos en un mundo devastado, pero feliz. La sociedad era optimista y tenía la esperanza de que todo mejoraría con el tiempo.

Como siempre, esa armonía fue pasajera porque al poco tiempo comenzaron los problemas.

Volvamos atrás en el tiempo.

Recuerdo cuando tuve mi primer Robot. ¡Qué recuerdos! Se llamaba Fred, éramos inseparables. En mi ciudad, como todas las demás, estábamos enganchados a la tecnología. Se habían apoderado de la ciudad, que parecía un parque de atracciones con millones de voces virtuales diciéndote lo que tenías que hacer.

El miedo a los errores había desaparecido en mi vocabulario. No tenía que tomar ninguna decisión, simplemente acatar lo que me decía la máquina de turno.
No tenías ni que pensar, solamente dejar fluir los pensamientos y dejarte guiar.
El no hacer nada se había convertido en un ritual de lo más normal.

Fred era lo más parecido a tener un amigo. Era genial porque no se enfadaba nunca y siempre me daba la razón en todo. Estaba programado para ser un acompañante de vida diaria. Iba conmigo a todas partes para asegurarse que siempre estuviera bien.

Cada año que pasaba me daba cuenta que algo me faltaba. Fue entonces cuando decidí investigar sobre el comportamiento humano. Por una vez, no me fié de la información que me daba Fred y decidí indagar por mi cuenta.

Acudí a una de las pocas bibliotecas que todavía existían. Estaba repleta de libros. En las salas no había nadie, estaba todo como olvidado. Un silencio que daba hasta miedo.

Todo el mundo al igual que yo, nos habíamos acostumbrado a recibir toda la información a través de un ordenador o aparato electrónico.

Cuando mis manos tocaron un libro por primera vez, lo primero que quería saber, era qué olor tenía. Era raro. Con las hojas tenías que ir con cuidado, para que no se rompieran. La letra era muy elegante. Algunos incluso tenían páginas con dibujos preciosos al lado. Yo me preguntaba cómo era posible que la gente dejara de fascinarse con algo tan hermoso.

Cuando mi asombro estaba por las nubes, lo siguiente que hice fue preguntar al encargado de la sala, que por supuesto era un robot, qué debía hacer para tener acceso a los libros.

Fue de lo más sencillo y gratificante, me los podía llevar a casa para leerlos con tranquilidad.

Disfrutaba tanto con la lectura, que la compañía de Fred hasta me parecía inoportuna.

Había leído libros pero siempre eran los mismos. No había nuevos escritores, porque la gente pasaba de leer. Yo era como ellos, pero la curiosidad que de repente despertó en mí hizo el milagro, mi mente se había activado.

Deseé convertirme en una especie de Heródoto e investigar más sobre mis antepasados. Su historia, y del cómo habíamos llegado a esta situación. Porque ser persona parecía que no tuviera importancia.
Nos habíamos convertido en clones sin personalidad, títeres de unos robots que se habían apoderado de todo.
Otras personas empezaron a tener curiosidad por tener otra vida diferente. Animaban a los demás a salirse de lo que se tenía establecido.
Nos comenzaron a perseguir, nos llamaban personas que necesitaban un reajuste mental.
Nuestras mentes estaban despertando de un estado comatoso, nadie iba a impedir que pudiéramos tomar decisiones propias. Me sentía vivo y con ganas de gritar, “¡El factor humano había vuelto!” 

Pasaron los años y el planeta rugió. Su propio ciclo estaba advirtiendo que todo iba a cambiar. Eran lo comienzos de las noches en vela sin saber si al día siguiente ibas a vivir o a morir.

Las personas de mente abierta comenzamos a tomar decisiones, sobre todo al saber que los polos estaban desapareciendo. El hielo que lo cubría se deshacía.

No había que ser muy listo para saber lo que iba a pasar. La Tierra inundada y la desaparición de los mares que conocemos.

Cuando creíamos que la situación no iría a peor, comenzaron los fuertes terremotos.

Todo se movía de una manera violenta, como si estuviera el planeta rabioso por todo lo que se había hecho con él.

Grandes grietas cubrían todo y el aire exterior cada vez era más irrespirable debido al gas tóxico de todos los volcanes que habían entrado en erupción.

Los días eran más largos. Parecía que nunca llegaba la noche. Todo el mundo que habíamos levantado dejaba de existir. La tecnología que conocimos fue desapareciendo.

Los humanos que habíamos decidido prescindir de los robots y tener iniciativas propias, teníamos más oportunidades de permanecer con vida.

Los robots que conocíamos se desintegraban, convirtiéndose en polvo, mientras los humanos que dependían de ellos, morían perdiendo la oportunidad de salvarse por no tener la facultad de pensar y reaccionar a tiempo.

Los que quedábamos tomamos la decisión de desplazarnos a las zonas habitables del planeta.
Suerte que la situación se estabilizó y cesaron los temblores. Nos dio el tiempo suficiente de poder organizarnos y pensar en soluciones.

No fue fácil, los supervivientes entraban en rebeldía, cada uno tenía una opinión propia.

Era duro asumir que el ser humano podía tener los días contados, la poca tecnología que había quedado tenía que servir para darnos esperanzas.

Miles de especies con el cambio terrestre desaparecieron. La vegetación más de lo mismo. El suelo era un desierto abrasador. No se podía estar en la superficie, al poco tiempo morías asfixiado.

Adaptaron los trajes espaciales para poder salir a la superficie. Los científicos alzaron la voz. Todas las ideas locas que se les ocurrían las poníamos en práctica.

Unas de ellas fue utilizar placas solares para poder crear grandes invernaderos, para asegurarnos tener alimento y controlar el aire. Creando climas y un estado idóneo para convivir y no morir.

Idearon un sistema de aire acondicionado que convertía el aire tóxico en oxígeno. Unas grandes chimeneas de un metal que había surgido de las profundidades volcánicas lo hacían posible. Soportaba grandes temperaturas y era muy resistente. El clima se estabilizó, cesaron los temblores.

Los años pasaban. Nos habíamos adaptado al gran cambio del planeta, pero sabíamos que el fin estaba cerca, pero no sabíamos cuando sucedería.

Las grandes mentes tenían que idear un plan de escape. Teníamos que abandonar La Tierra y éramos demasiados para realizar el viaje.

A pesar de que la situación no era la idónea para estar tranquilo, no podía basar mi vida en el miedo.

Ahora me encuentro escribiendo sin poder parar. Como si fuera un testamento perpétuo, sintiéndome abatido por los acontecimientos. El planeta se muere, y el gran viaje estaba a punto de realizarse.

Durante los últimos años los mil millones de habitantes que seguíamos con vida teníamos constantes guerras por culpa de la comida. Escaseaba, se racionaba lo más justo posible, pero la gran mayoría no estaba de acuerdo.

Prohibieron tener descendencia porque se creía que ya éramos suficientes para alimentar.

Nos habíamos convertido en mentes cavernícolas sin sentimiento por ayudar a los demás. El egoísmo humano que nunca nos ha abandonado, volvió a salir.

En científico me acabé convirtiendo, no había día que no me sintiera con un gran peso sobre mis hombros.

Habíamos encontrado la solución pero era tan imposible de realizar que mi pesimismo estaba desbordado.

Un planeta descubierto llamado Kepler 452 B se encontraba a 1400 años luz de la Tierra. Su superfície y los últimos descubrimientos nos habían demostrado que los humanos podríamos vivir en su superfície.

Los viajes al espacio siempre habían sido imposibles en distancias tan lejanas, pero los avances tecnológicos permitieron que la velocidad más allá de la luz no fuera un obstáculo.

Nuestro primer objetivo de colonizar, fue la Luna, sabiendo que una vez formó parte de la Tierra. Marte la descartamos porque daba muchos problemas y todas las pruebas de poder adaptarnos no habían funcionado. Kepler era nuestra única esperanza.

Los Robots volvieron a resurgir con un único propósito, hacer pruebas de viajes espaciales. Ellos mismos fueron usados para ir a la Luna con la misión de construir un anillo de paneles solares que la rodearan por todo el ecuador y así generar energía hacia la Tierra en forma de microondas.

Mientras en tierra firme, crear una especie de Nave gigante hecha con el mismo metal volcánico que nos había permitido crear esos invernaderos respirables para humanos.

No era fácil trabajar con ese metal pero gracias a los Robots poco a poco fuimos construyendo no solo una nave, sino un par de ellas.

Lo más complicado era enviar robots a Kepler 452 B y preparar el planeta para que la humanidad pueda comenzar de nuevo.

¿Cómo lo haríamos?, ¿Seríamos capaces de llegar a nuestro nuevo planeta?

Lo más importante. ¿Podríamos sobrevivir para contarlo?

La clave fue encontrar el efecto burbuja. Jugar con el espacio tiempo y encontrar un combustible no químico propulsado por iones, lo suficientemente potente para llegar al destino.

Parece un cuento, pero desde hacía muchos siglos se estuvo investigando sobre esa manera de viajar pero la tecnología no estaba preparada. Ahora lo estaba; al igual que los agujeros de gusano encontrados hace unos años.

El problema de esa ecuación es que no se volvía. Es un viaje sin retorno.

Los robots consiguieron el milagro de poder llegar a Kepler y mandar información valiosa para nuestro futuro.

Hoy voy a convertirme en el primer humano que viaja a Kepler 452 B.

Solo puedo sentir emoción y un miedo a morir que no me deja dormir.

Toda la humanidad está en mis manos. Si sobrevivo podré dar esperanza a millones de personas.

Viene a mi mente en un solo instante todos los sacrificios que he tenido durante mi vida.

Todas las personas que he conocido. La cantidad de libros que he leído y que me han convertido en la persona sabia que soy ahora.

Nací para vivir este momento. Me convertí en científico porque tenía unas ganas inmensas de sentirme útil.

De acordarme de mis padres y lo que me hubiera gustado tener una relación más humana con ellos. Condicionados por aquella sociedad sumergida en la tecnología con relaciones tan frías y distantes. Lo que hubiera sentido al tener el abrazo de mis padres y su cariño.

Dar gracias por tener unos años de descubrimiento de las emociones y poder amar a una mujer como nunca lo había hecho. ¡Cómo te echo de menos!

Aquel día que te perdí fue el más triste de mi vida. Un terremoto fue el culpable y tan rápido fue todo que ni despedirte me dejaron.

Me centré en el conocimiento y gracias a eso, hoy podré dar un nuevo paso para la humanidad.

En mi nave dispongo de todo lo que necesito, sin faltarme una buena colección de libros: Shelley, Verne, Darwin, Dante, Dikens… Un diario personal donde anotar todo lo que me vaya sucediendo. Me encantaría que hubiera fotografías de mis seres queridos, pero se destruyeron todas.

Mi cuerpo y mi mente están preparados. El temblor de las piernas no se me va.

El momento ha llegado. La cuenta atrás ha comenzado. Tengo que terminar de contar mi historia, que espero que no tenga final.

Dejo aquí mi legado y mi vida relatada. Adiós planeta que me vio nacer, espero que esté a la altura. Kepler, nuevo mundo, espero poder verte.

Sin más, me despido y me subo a la nave que me llevará a mi destino.

Firmado

Luca Gonduona (El primer humano, futuro residente del planeta Kepler 452B)

Escrito por Sandra Barrachina 

































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